ANTÍGONA O El AMOR A LA MUERTE |
| Posted by Administrator (Webman) on 28.04.2008 at 9:59 AM |
ANTÍGONA O EL AMOR A
Dra. Adela Rolón[1]
El trabajo con el lenguaje en una tragedia, especialmente
antigua, no recupera todos los aspectos que enriquecen y resignifican una obra
dramática como son: la música, la puesta en escena, la semiosis de la recepción
y sus criterios estilísticos y estéticos, religiosos, místicos. En cambio sí se
hace cargo de los ejes y enfoques discursivos, de los criterios más relevantes,
de los temas y problemas explícitos o presupuestos y de su trascendencia y
repercusión significativa. Y sí, recupera en la palabra lo que fueron y somos
reivindicando la traducibilidad de los textos.
En otras palabras el análisis discursivo permite
considerar la dramatización de los conocimientos, o la ejecución operativa de
lo que se hace con lo que se dice, de lo que han ocasionado las culturas con
sus influencias posteriores a través de lo que han dicho o puesto en obra en la
semiosis de los que viven en sus construcciones semióticas acerca de los
muertos.
Cuando pensamos el lenguaje como acción encontramos
rudimentos de representación teatral, de gestualidad, de iconicidad que se
constituyen en verdaderas puestas en escena. Es que el lenguaje permanentemente
está siendo resignificado por los contextos de uso y por sus posibilidades
combinatorias que por cierto son múltiples pero indudablemente contextuales en
cuanto que no significan fuera del tiempo o de las circunstancias de la
enunciación. En cierto modo recupera tiempos e historias y las recontextualiza
Todos los analistas de los griegos del siglo IV a.c.
han contado con los mismos medios, el lenguaje escrito, con mejores o peores
traducciones, con toda la erudición que aporta el manejo pertinente de la
lengua griega y de la historia. Hay muestras suficientes de ello en los
innumerables estudios hermenéuticos llevados a cabo.
No obstante los grandes esfuerzos por entender a los
griegos del modo que ellos se entendían, siempre ha incluido de algún modo un
enfoque, un contexto situacional, un clima histórico político socio cultural
que caracteriza los propósitos de la enunciación. Ejemplos de lo afirmado son
la obra de Nietzstche[2] y de
Heidegger[3]
acerca de los griegos.
No queremos superar los indicadores históricos puesto
que nos proponemos tematizar una obra clásica con la aspiración de sentirnos
contextualizados en el tiempo y en el espacio.
Recordemos sintéticamente la constitución de la obra
para ingresar de lleno a la semiótica de sus parlamentos.
La trama
Antígona es un personaje del llamado ciclo tebano, la
hija de Edipo y Yocasta, que junto con sus hermanos, Ismene, Etéocles y
Polinices constituyen la familia marcada por el incesto y la acumulación
incesante de violaciones a las leyes humanas de la tradición y las costumbres.
La obra comienza con el diálogo entre Ismene y
Antígona aludiendo al desencadenante reciente de la muerte de los dos hermanos
varones en un enfrentamiento de uno contra el otro. Etéocles a favor de Tebas y
Polinices en contra de la ciudad ayudado por los argivos. El primero ha
recibido honras fúnebres y ha sido sepultado, el segundo insepulto, debe ser
devorado por las aves según un edicto de Creonte, el tío de los jóvenes, jefe
del ejército a cargo del gobierno (tirano), que prohibe el entierro y cualquier
tipo de honra.
Las hermanas discuten sobre el hecho. Antígona ha
resuelto dar honras fúnebres a Polinices aún en contra del edicto y de Creonte.
Ismene trata en vano de persuadirla apelando a todas las desgracias en que cayó
la familia por transgresión y también a su condición de mujeres que no pueden
oponerse a las decisiones de los varones.
Antígona da sepultura simbólica a su hermano y por
este hecho Creonte la pone en prisión. Ella se suicida. Los guardianes y
mensajeros comunican a Creonte que también se han suicidado su hijo Hemón, que
amaba a Antígona y su esposa Eurídice porque no soporta la muerte del hijo.
La heroína
trágica
Aunque sea frecuente
asociar la cantidad de muertes con una tragedia en la actualidad, no es éste el
móvil trágico. El discurso trágico se esgrime como discurso irresoluble en su
esquema argumentativo, por lo tanto el proyecto de este trabajo enfoca los
indicadores argumentativos que tienen como consecuencia la muerte y después de
ella los signos culturales que no sólo la recuerdan sino que además la incitan,
la estimulan y se incluyen en nuevos argumentos de una solidez insospechada.
Antígona, desde los primeros versos se constituye en
heroína trágica con sus propias palabras teniendo en cuenta el contexto en el
cual se juega el lenguaje.
“Yo lo enterraré. Hermoso será morir
haciéndolo. Yaceré con él, al que amo y me ama, tras cometer un piadoso crimen.
Ya que es mayor el tiempo que debo agradar a los de abajo que a los de aquí.
Allí reposaré para siempre.” P. 79[4]
La semiosis de la muerte ha sido
cargada de significado en diferentes ámbitos culturales y en muy variadas
circunstancias históricas. Es evidente que podemos analizar su expansión desde
vertientes míticas, religiosas, bélicas, heroicas y todo el inabarcable cúmulo
de creencias y ritos tanto sobre la muerte de seres amados o admirados como
sobre la propia muerte. ¿Qué reservorio cultural argumentativo puede hacer
pensar en la muerte como solución de cualquier problema?
Hoy, cuando observamos un cadáver
podemos aplicarle muchas conjeturas o describirlo desde enfoques diversos, pero
si lo hacemos desde la semiosis de la vida, el movimiento, etc., podemos decir
que se opone a ella en forma contundente, ya sea por la pérdida de comunicación
o por no compatibilizar con otra alternativa racional o científica que no sea
el reino físico químico, mineral, exclusivamente a modo de proceso de
disgregación o inercia.
Es muy interesante pensar en todas
las atribuciones de significado que unas como otras resultan imposibles de
corroborar y aunque ha habido y hay ingeniosas formas de corroboración como
milagros, evocaciones, encarnaciones, mensajes por medio de otros signos, no se
nos hace posible aún, con medios humanos semejante contrastación o
corroboración. Sobre todo, estas personificaciones han estado apoyadas en un
incremento narrativo y una permanente necesidad ritual y evocativa de honrar a
los muertos como cementerios, monumentos, ceremonias de toda índole, etc.
Repetimos, necesidades y espectáculos de los vivos, o de los ya muertos cuando estaban
vivos, que han generado eventos y manifestaciones por una fuerte necesidad de
significar toda la energía que produce la pérdida.
El propósito de abordar este tema
lejos de tratar de minimizar el problema de la muerte pretende revisar lo que
en nuestras comunidades se puede encontrar como signo de amor a la muerte, de
necrofilia y la injerencia que esta lectura tiene en la semiosis de los vivos
que todavía somos nosotros.
Evidentemente hay un muy antiguo e
importante origen simbólico, no solamente en Antígona de Sófocles sino en
Aquiles de Homero y en los millones de héroes y mártires de la humanidad que
han ofrendado su vida por una causa más o menos pertinente pero eso sí “han
ofrendado la vida” por uno o un conjunto de “valores”.
¿Qué valores pueden constituirse en
más sublimes que la vida aún con todos sus desbordes, injusticias,
intolerancias y sinsentidos?
Un detalle llamativo que está
claramente explícito en la tragedia y en la epopeya griegas pero que se ha
difundido en occidente y gran parte de oriente es que las muertes
significativas no son las de gente humilde o del pueblo sino los de una elite
específica que merece un tributo recordatorio en el tiempo. Así como en la
tragedia algunas personalidades se realzan en torno a valores, hay otros que
por sentir miedo, preservar la salud y no involucrarse con el objeto de obtener
la muerte, se desdibujan y desmerecen. El personaje desdibujado por la
omnipotencia del discurso trágico, Ismene, es quien razonablemente y con
valores existenciales opone una duda razonable a la decisión de su hermana
absorbida por el discurso de los valores necrofílicos.
Ismene...Es preciso que consideremos,
primero, que somos mujeres, no hechas para luchar contra hombres y, después,
que nos mandan los que tienen más poder, de suerte que tenemos que obedecer en
esto y en cosas aún más dolorosas que estas. pág. 79
Antígona a Ismene – Tú has elegido vivir
y yo morir pág. 97
El presupuesto que orienta la
oposición de Ismene es que más valioso es conservar la vida, determinar las
fuerzas antagónicas, entender las situaciones discursivas que las colocan en
una comunidad para afrontar sus perjuicios y malestares en todo caso, con
estrategias, con reflexión y no enfrentando su absoluta determinación. ¿Por qué
ha de ser más valioso morir por una causa que preservar la vida? ¿Cuál ha de
ser una causa noble y razonable para despojarse de vivir?
El discurso de Antígona manifiesta
con absoluta nitidez, su ofrenda de la vida además, es “hermosa muerte” porque el motivo estético, que es la muerte la justifica.
Es más, ni siquiera espera que la vayan a matar, se suicida. Es mejor la
muerte. ¿Qué creencia, valor, estrategia, puede conducir a esta argumentación?
Es cierto que en muchos casos es la
única posibilidad para el que se muere, pero el que queda vivo es quien
atribuye el significado, la dota de todo el significado para ser comunicada e
investida de trascendencia. Nos preocupa lo que hace el discurso sobre la
muerte en medio de la vida. Nos preocupa que podamos estar sosteniendo valores
que menoscaben el amor a la vida y seamos, en tantas circunstancias, tan
fanáticos de la muerte.
Tal parece que esta acción
lingüística se desmesura en el relato y la creatividad y se constituye en
eventos, arte, religión y discursos heroicos. Teorías explicativas que también
las comunidades avalan o rechazan de acuerdo con el funcionamiento de la
tolerancia o pluralismos establecidos. Tumbas inquietas que no soportan un
argumento humano preservador de la salud y de la vida de los vivos, por qué no
un sosiego para la justificación de matar, de matarse o de gestar guerras,
genocidios, en lugar de proyectos creativos para vivir mejor sin que cueste una
sola vida.
Ha llegado un momento en que podemos
considerar con bastante sensatez que cuando sólo se esgrime el argumento de la
muerte éste es el resultado de una suerte de brutalidad o impotencia por
ignorancia, o porque la semiosis cultural no acepta el desafío de pensar y
rearmar el escenario del mundo.
La violencia simbólica que la muerte
significa se soporta mucho más felizmente con significados aunque sean
asignificativos en relación con la vida.
Antígona, el personaje de Sófocles,
no sólo carga con todas las desgracias que la comunidad ha sancionado en sus
padres y sus hermanos, premisas incuestionables de los argumentos del destino,
sino que además está marcada por un destino simbólico de homenaje mortuorio y
entonces la muerte es como un destino purificador con el que se sueña pero
solamente a través de conseguir un valor más alto.
Antígona...No sufriré nada tan grave que
no me permita morir con honor p. 81
Antígona responde a Creonte....Sabía que
iba a morir, ¿cómo no?, aún cuando tú no lo hubieras hecho pregonar. Y si muero
antes de tiempo yo lo llamo ganancia. Porque quien como yo viva entre desgracias
sin cuento ¿cómo no va a obtener provecho al morir? Así, a mí no me supone
pesar alcanzar este destino..p.93
La contradicción pragmática
El hilo isotópico del discurso en
los diálogos, se desmesura con la muerte, con las medidas pueriles del tirano
que no puede soportar la afectación del eje del poder, porque es un poder
culpable, un poder apropiado por capricho y que sólo se sostiene en el
empecinamiento de ser mantenido a costa de la muerte que sea necesaria.
p.95 Ant. Afrenta) ...En efecto, a la
tiranía le va bien en otras muchas cosas y sobre todo le es posible obrar y
decir lo que quiere.
¿Qué hacen las voces del poder con
las aspiraciones de los libres, de los empeñosos de los jóvenes llenos de
energías?, doblegarlos por todos los flancos hasta hacerlos amar la muerte como
superación. Los jóvenes responden con Antígona y también más muertos en nombre
del amor.
P 96 Ant. Mi persona no está hecha para
compartir el odio sino el amor.
Creonte – Vete pues allá abajo para
amarlos si tienes que amar, que mientras yo viva no mandará una mujer.
P 106 Creonte. – Así, sí, suplica a
Hades – único de los dioses a quien venera – alcanzará el no morir o se dará
cuenta por lo menos en ese momento que es inútil ser respetuoso con los asuntos
del Hades.
Sin embargo es la voz del coro la
que esgrime el discurso de la vida, es el coro también el que castiga al tirano
y repudia la muerte de una joven princesa tebana, el coro rompe el hilo
mortuorio y plantea el eje del conflicto temático y propiamente trágico de la
obra. Así, como lo haría un filósofo, habla del hombre, de la vida, sus
preocupaciones y estrategias. La enunciación contradice las acciones dramáticas
y opone los empeños y la búsqueda que sostienen el amor a la vida.
Coro: Estrofa I : Muchas cosas asombrosas
existen y, con todo, nada más asombroso que el hombre. Él se dirige al otro
lado del blanco mar con la ayuda del tempestuoso viento Sur, bajo las rugientes
olas avanzando, a la más poderosa de las diosas, a la imperecedera e
infatigable tierra, trabaja sin descanso, haciendo girar los arados año tras
año al ararla con mulos.[5]
Más los dramaturgos que los
filósofos griegos tenían conciencia de la estrecha unidad entre pensamiento y
lenguaje y también de que el lenguaje no es un ámbito aséptico de circulación del pensamiento, también sirve
para destruir y aniquilar y toda muerte se encuadra en un significado
lingüístico. El Hades, sin embargo es más una creencia poética que una práctica
religiosa, y también un destino ineludible, sin embargo no deseable para ningún
humano.
Estrofa 2 Se enseñó a sí mismo el
lenguaje y el alado pensamiento así como las civilizadas maneras de
comportarse, y también, fecundo en recursos, aprendió a esquivar bajo el cielo
los dardos de los desapacibles hielos y los de las lluvias inclementes. Nada de
lo por venir le encuentra falto de recursos. Sólo del hades no tendrá
escapatoria. De enfermedades que no tenían remedio ya ha discurrido posibles
evasiones.
Finalmente en el coro el fallo ético
moralizante alude claramente a aquellos como Creonte que tienen un alto cargo
que se constituye como servicio a las leyes de la tierra, a los hombres que han
formado una comunidad, como “servicio”, qué palabra tan olvidada en los medios
políticos de poder y de decisión, la ética del servicio comunitario que en
ningún caso se ejerce con caprichos sino con prudencia y tolerancia, sin
exclusiones y con mucho diálogo. Signos claros del amor a la vida: por un lado,
el desarrollo incansable de estrategias y el ejercicio de la supervivencia con
el pensamiento, o sea con el lenguaje y por el otro la tolerancia y el
pluralismo. Términos de los que se sienten los inventores algunos pensadores
anglosajones y que están en la más arcaica literatura clásica contradiciendo
pragmáticamente los ciclos heroicos y las tragedias en sus ejes dramáticos y
destinistas. Recordemos que Dionisos, el gran inspirador de la tragedia es el
dios de la vida plena.
Antistrofa 2 -Poseyendo una habilidad
superior a lo que se puede uno imaginar, la destreza para ingeniar recursos, la
encamina a veces al mal, otras al bien. Será un alto cargo en la ciudad,
respetando las leyes de la tierra y la justicia de los dioses que obliga por
juramento. Desterrado sea aquel que, debido a su osadía, se da a lo que no está
bien. ¡Que no llegue a sentarse junto a mí hogar ni participe de mis
pensamientos el que haga esto! Pág. 89-90
Es la conciencia dramática la que
sanciona los excesos del tirano, la que repudia la obstinación desmesurada, la
que establece alguna forma de equilibrio en el caos desatado entre el destino y
la muerte. Y ¿cuál es la índole del caos en que Antígona se siente
involucrada?, frases consagradas y acríticamente aceptadas, la sentencia sobre
el incesto de sus padres sin ningún tipo de atenuantes, la culpa hereditaria,
la deriva en la desgracia por los viejos pecados que desatan la ira de los
“dioses”. Todos los dioses deben vengarse de alguna violación de los hombres lo
cual constituye el fundamento de todas las religiones conocidas y oficializadas
en occidente. Es claro que constituye un componente demasiado rotundo como
evadir la seducción de creerlo, de que se consolide en una creencia socio
cultural que signifique sumisión, no convicción o aceptación, sino miedo, temor
de los dioses, que por supuesto convalidan, administran y ejecutan los hombres.
Es notable como esta semiótica
arrasa con todos los ámbitos culturales y asigna los más elevados valores a la
muerte:
Antistrofa...Es clara la victoria del
deseo que emana de los ojos de la joven desposada, del deseo que tiene su
puesto en los fundamentos de las grandes instituciones. Pues la divina Afrodita
de todo se burla invencible. P 107.[6]
Morir por amor, morir por la patria,
morir por la causa, siempre es mayor el valor si está un instante más allá de
la muerte, porque la muerte funciona como la suprema generosidad “dar la vida
por los amigos”. Y entonces toda la generosidad y el empeño, las bondades y
acciones de la vida, incluso las acciones lingüísticas quedan menoscabadas ante
la alternativa mortuoria.
Sin embargo el coro nuevamente se
acerca en el parlamento a la sensatez de la vida, la concesiva sostiene el
argumento de la existencia y se entrega finalmente a la deriva de un valor, la
gloria, en la textura del destino compartido con los dioses. El único argumento
que durante siglos ha justificado la muerte. ¿Y en qué contexto se justifica la
muerte por la gloria?
Corifeo (a Antígona)...Sin embargo, aún
muriendo es glorioso oír decir que has alcanzado un destino compartido con los
dioses en vida y, después, en la muerte.108
Y es aquí donde se produce la
contradicción pragmática: la vida es lo más valioso pero resulta significativo
para la reflexión de los vivos poder argumentar en un sentido que trascienda la
vida como “otra vida”. No más gloriosa porque suprima la vida, la existencia,
la vitalidad de un sujeto, sino porque es un signo reconfortante que se
generaliza y se extiende de modo que la muerte adquiera un sentido porque de
otro modo no lo tiene.
Veamos, y este es el interés
pragmático del análisis. Una pregunta sobre los propósitos que orientan esta
argumentación es la que nos paraliza ¿puede la muerte de alguien sostenerse en
las ideas de otros con el fin de otorgarle otra vida? Sí, por compasión, por
recuerdo, por consuelo. ¿Pero a quién beneficia la muerte de otro?
Corifeo a Creonte. No supliques ahora
nada, cuando la desgracia está marcada por el destino, no existe liberación
posible para los mortales. P 126
Corifeo a Creonte. – La cordura es con
mucho el primer paso de la felicidad. 127
A nadie beneficia la
muerte, mucho menos amarla y ofrendar la vida. Todos los argumentos que la
sustentan en vida son universales ocultadores, generalizaciones estilísticas
que no se justifican sino en un nivel descontextualizado, plagadas de
argumentos metafísicos porque no pueden ser ni corroborados ni desconfirmados.
Los pueblos no “aprenden lecciones de la muerte”, tal rigor sólo alienta la
oposición más tajante, y el menoscabo y menosprecio por el exceso de rigor y la
falta de cordura y de imaginación. Todos los días nos desmorona la
teatralización de la muerte, el escenario de la guerra y de las ejecuciones, la
obstinación de la tiranía injustificada y pensamos en recuperar las antígonas y
los mártires del delirio cultural con el llamado a la solidaridad y la
necesidad de que las culturas puedan contener a sus jóvenes en el amor a la
vida.
[1]
Doctora Adela Rolón. Profesora e Investigadora de
[2] NIETZSCHE, Friedrich, El origen de la tragedia a partir del espíritu de la música. Bs. As. Ed. Espasa Calpe. 1975.
[3]
HEIDEGGER, Martín. Introducción a
HEIDEGGER, Martín. Sendas perdidas. Buenos Aires, Ed. Losada. 1960
[4] SÓFOCLES, Tragedias. Madrid. Ed. Gredos. 2000
[5]
Continúa Antistrofa 1
El
hombre que es hábil da caza, envolviéndolos con los lazos de sus redes, a la
especie de los aturdidos pájaros y a los rebaños de agrestes fieras, y a la
familia de los seres marinos. Por sus mañas se apodera del animal del campo que
va a través de los montes y unce al yugo que rodea la cerviz al caballo de
espesas crines, así como al incansable toro montaraz.
[5] Platón en el Fedro describe el deseo como el amor
infundido en el alma por una emanación de la belleza que procede del ser
querido y que se recibe a través de los ojos del amante.